domingo
primera naturaleza
prende fuego a las barreras
trasciende de la rabia
da un salto adelante
ama lo que libera y odia lo que amarra
detenerse a dudar no vale la pena
no cumplas los horarios
responde a tus mayores
escápate de la escuela
enciende la tv
escribe una novela. shia.
lunes
viernes
Hoy voy a correr descalzo,
cogeré un cuchillo, te tomaré del brazo.
Te agarraré a patadas, te partiré la cara en siete semanas.
Me subiré al auto, partiré arrancando pues me asusta un quebranto.
Haré un hoyo en el patio, subiré la escalera, lanzaré un garabato.
Me cortaré las manos, me arrancaré los dientes, me tatuaré un ariete.
Te llamaré distante para acariciarte. Te tomaré la mano, te ensartaré un rosario, daremos mil vueltas como un rebaño.
Te envolveré en blancas sábanas perfumadas con flores satinadas.
Te enterraré dos dados, me cortaré una oreja, se la daré a una anciana mientras se aleja.
Donaré mis órganos, me sacaré la piel, me esconderé entre las ramas, me rociaré de miel.
martes
Efusivos suspiros me acechan y me buscan con mirada intransigente.
¡Oh abundantes incertidumbres atrofiadas!, que han sido betadas de oscuro marrón veneno.
Mi estrecha prudencia rueda por una ciega grieta, mientras la efímera luz se posa un par de adoquines a la derecha, en aquella fresca noche porteña, aquella que me ve marchitar a través de cantos superfluos.
Mecenas se toman la cabeza con sus lánguidas manos cubiertas de paños, manchados con sangre de mujer frágil y cabellos libres, que aún revolotean irradiando febriles caricias.
Los frutos que la cubrían se esparcen por todo el vagón, mientras a mi alma persigo en busca de aromas acrisolados.
Levanto la mirada en busca de ella, entretanto mi pies van aplastando bazofias y hojas perfumadas con los primeros rayos de sol estival, que anuncian la llegada de orbes satinadas repletas de elogios inefables olvidados por absueltas magnolias.
jueves
domingo
Dharma
se revolcó en el suelo un par de veces,
después de suspirar volvió la mirada,
y ahi estaba aquel recuerdo,
mientras sollozaba cogió con prisa la pluma
y la clavó junto a su tumba.
Le tomó tiempo renunciar a su miseria,
hasta que acabó con el árido destino,
mientras sudaba miel y sangre,
puso fin a lo que había empezado.
Se recostó entre piedras y mentiras,
mientras escuchaba aquella voz de siniestros,
gritaban por él, pero se aseguro de vender su alma a buen precio,
esquivó sus ideales entre los árboles
que claudicaban sus inmaculados principios.
Después de desperdiciar aquel escuálido amanecer
la miró y le clavo el puñal con indiferencia,
mientras gemía sabores inefables.
Terminó de marchitar en el lodo,
no sin antes creer en la felicidad.


