martes

Desdichadas ropas me abrazan como estropajos mientras oigo el tenue cruijido de un ave absuelta atravesando su ímpetu y derramando barro por las húmedas veredas, cubiertas de suave brisa. Aquella que vió morir a dos ancianos manchados por la luz y corrompidos por la abulia.
Efusivos suspiros me acechan y me buscan con mirada intransigente.
¡Oh abundantes incertidumbres atrofiadas!, que han sido betadas de oscuro marrón veneno.
Mi estrecha prudencia rueda por una ciega grieta, mientras la efímera luz se posa un par de adoquines a la derecha, en aquella fresca noche porteña, aquella que me ve marchitar a través de cantos superfluos.
Mecenas se toman la cabeza con sus lánguidas manos cubiertas de paños, manchados con sangre de mujer frágil y cabellos libres, que aún revolotean irradiando febriles caricias.
Los frutos que la cubrían se esparcen por todo el vagón, mientras a mi alma persigo en busca de aromas acrisolados.
Levanto la mirada en busca de ella, entretanto mi pies van aplastando bazofias y hojas perfumadas con los primeros rayos de sol estival, que anuncian la llegada de orbes satinadas repletas de elogios inefables olvidados por absueltas magnolias.